13/1/14

Decir algo que tener



Alfabeto pittorico de Antonio Basoli. Vía Vecindad Gráfica.

Tener algo que decir no es lo mismo que decir algo que tener.

Decir algo que tener es una acción concreta. Y en su faceta profesional, constituye la actividad cotidiana de comerciales y publicistas.

En cambio, tener algo que decir es un estado y una potencia. Puede verse como don, como virtud o cualidad, como bagaje, y también, asumiendo la esencia dialógica de todo acto lingüístico, como capital social.

Lo curioso es que la mejor manera de decir algo que tener es tener algo que decir. La pena es que resulta más fácil tener algo que vender que tener algo que decir. Y por eso pasa lo que pasa.

A menudo dedicamos más tiempo a decidir cómo decimos algo que a ponernos en condiciones de tener algo que decir. Eso merma la calidad de los mensajes y del discurso en su conjunto, atenta contra la sostenibilidad noosférica y, además, es feo. Copiamos. Simulamos. Retuiteamos. Linkamos. Balbuceamos. Repetimos. Calcamos. Y a la postre evidenciamos que tenemos poco más que necesidad de hacer ruido y mucho desparpajo.

No ayuda nada esa acuciante idiotez llamada prisa. Ni la pervivencia inconsciente de conductas propias de la magia simpática (si abro el paraguas nueve veces, lloverá). Y es que no es lo mismo tener algo que decir que tener que decir algo. Y como parece que el que no dice no está —o peor aún: no es— nos vemos impelidos a desbaratar el silencio con tontunas. Como si fuera posible crear marca a golpe de presencia. Como si la publicidad de la era industrial, con su martillo pilón y su frívolo parloteo, pudiera enseñarnos mucho acerca del modo de presentarse en sociedad en este tiempo de relaciones horizontales y conversaciones cruzadas.

Tener algo que decir significa haber pensado, saber y querer contribuir a construir el mundo, no a empapelarlo. Esos atributos aportan valor a las relaciones. Producen identidad positiva, en su sentido pleno. Y da gusto verlos.